Quiénes son los pueblos originarios

El ser políticamente correcto es algo que parece estar de moda en estos días. Digo “de moda”, porque no parece que en todos los ámbitos se entienda la importancia de emplear ciertos términos para designar algunas situaciones o grupos sociales.

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Por ejemplo, si ahora la mayoría de los medios emplean la expresión “tercera edad” para referirse a los adultos mayores de 60 años, no es porque se tenga una clara consciencia de la dignidad y el respeto que merecen las personas, independientemente de su edad, sino porque está “mal visto” llamar a alguien “anciano” o, peor aún, “viejito”, sobre todo si esto se hace en algún espacio o medio de comunicación de carácter público.

Lo mismo podría decirse de las “personas con capacidades diferentes”, la “comunidad Lésbico, Gay, Trasgénero y Bisexual” o las “personas en situación de calle”. Ya no es aceptable usar los términos, en su mayoría despectivos, con los que antes era común referirse a estos grupos sociales. Pero, el usar estos eufemismos, ¿es el reflejo de un auténtico cambio en el trato que damos a esas personas? La verdad es que, en la mayoría de los casos, no es así.

Lo anterior sucede porque, para nuestro infortunio, la palabra ha perdido el carácter ontológico, y casi mágico, en los tiempos más remotos, que tuvo para civilizaciones fundadoras de nuestra cultura, como la griega. Las palabras no eran vocablos que se asignaban arbitrariamente a las cosas, sino términos con los que se buscaba expresar el ser de las mismas. En este sentido, usar las palabras correctas para referirse a un objeto, una situación o una persona no era cuestión de buen gusto, sino que era la forma de expresar la verdad.

Si analizamos los eufemismos o las expresiones políticamente correctas con base en las ideas anteriores, la conclusión es que un cambio en la forma en que nos referimos a un grupo de personas debería ser el resultad de una transformación en la idea que tenemos del mismo o en la manera en que nos comportamos en relación con él.

Por otra parte, hay palabras cuyo uso se ha vuelto despectivo, pero que originalmente no tenían esa connotación; tal es el caso de la “senectud”. El término proviene del latín senex, nombre que se daba en la antigua Roma a los miembros de mayor edad, y por tanto, de más experiencia, que formaban parte del concilio. La palabra senado, que pese a lo que hoy vemos, también aludió en sus orígenes a un grupo de sabios consejeros ciudadanos, tiene la misma raíz.

Otra de las expresiones cuyo uso se ha difundido en nuestros días en el afán de ser políticamente correctos es la de pueblos originarios. Mediante ella se alude a los descendientes de quienes fueran los primeros pobladores del continente americano, o de una región en general. De esta forma, se trata de evitar el uso, considerado incorrecto por diversos especialistas, del término pueblos indígenas.

Algunos investigadores y etnólogos argumentan que dicha expresión, así como la palabra “indio”, provienen de la idea equivocada que tuvieron los primeros exploradores y conquistadores europeos, de haber llegado a “las Indias”. Posteriormente, dichas palabras adquirieron una connotación despectiva, al vincularse con el sometimiento y las humillaciones que los conquistados sufrieron durante siglos.

Mediante la expresión pueblos originarios se trata de reconocer el hecho de que dichos grupos estuvieron ahí antes de la llegada de los conquistadores y de la imposición de la cultura occidental. Sin embargo, poco se ha conseguido para cambiar la idea de que esos pueblos deben someterse a la modernidad y de que la conservación de sus lenguas y tradiciones es sólo una concesión, antes que una prioridad.

Organizaciones como la Embajada Mundial de Activistas por la Paz, dirigida por el Dr. William Soto Santiago, intentan que el reconocimiento a los pueblos originarios vaya más allá del eufemismo y se convierta en un auténtico respeto a quienes preservan las raíces de quienes hoy conformamos América. Es deseable que iniciativas como ésta se tomaran hacia todos los grupos a quienes se continúa discriminando a causa de sus diferencias.

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Naturaleza, historia y cultura en San Cristóbal de las Casas

En realidad, la triada de atractivos que mencionamos en el título podría funcionar como descripción exacta de cualquier pueblo, ciudad y estado de la república mexicana. La biodiversidad es algo que caracteriza a todo el territorio nacional; los acontecimientos del pasado se evocan en cada plazuela colonial y en cada sitio arqueológico; y las expresiones artísticas y artesanales, así como las tradiciones que reflejan el espíritu de los pueblos, pueden apreciarse y vivirse en cualquier lugar.

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En este sentido, San Cristóbal comparte las características de muchos otros destinos a los cuales viajar en nuestro país. No obstante, la forma en que la naturaleza, la historia y la cultura se pueden vivir en este pueblo, al que rodean las montañas de la Sierra de Chiapas, es totalmente única.

San Cristóbal fue fundado en el Valle de Jovel, ubicado en la porción norte del estado de Chiapas. Su situación geográfica, en una planicie custodiada por boscosas montañas, hace que tenga un agradable clima, que por lo general no alcanza los extremos del calor que se siente en la zona costera, ni el frío de las partes más elevadas.

El centro histórico muestra un trazo semejante al de la mayoría de las ciudades construidas en la época colonial; primero se edificó la plaza principal, en torno a la cual se construyeron edificios como la catedral, de estilo barroco, el palacio municipal, de influencia neoclásica, el templo de San Nicolás y la Casa de la Sirena.

En torno a la plaza central se distribuyeron los solares, en los que se construyeron las residencias de los ciudadanos españoles. Y en la periferia se formaron los barrios, en los que habitaba la población indígena. Actualmente, los barrios de calles empedradas y estrechas constituyen el atractivo más pintoresco de la ciudad, que invitan a dar largos y relajantes paseos.

El templo de San Cristóbal, patrono de la región, se construyó en el punto más alto de la ciudad. Para llegar a él, hay que subir los numerosos peldaños de una empinada escalera; pero una vez en la cima, se descubrirá que bien ha valido la pena el esfuerzo, pues desde ahí se contemplan las mejores vistas.

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En los alrededores de San Cristóbal se encuentran los pueblos de San Juan Chamula y San Lorenzo Zinacantán. En ellos habitan comunidades indígenas de ascendencia maya, como los tzetzales y tzotziles, que con frecuencia viajan a San Cristóbal para ofrecer sus magníficas y coloridas artesanías.

Entre los lugares que se deben visitar para conocer más de cerca la historia de la ciudad y del estado de Chiapas, está el Museo del Palacio de San Cristóbal de las Casas. Se ubica en el antiguo Palacio Municipal y resguarda un archivo fotográfico y pictórico en el que se retrata la historia del estado. Un acontecimiento de singular importancia que se vivió en este edificio fue la proclamación de la Primera Declaración de la Selva Lacandona, presentada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

Por último, aunque definitivamente no por ser menos importante, hay que aludir a la gastronomía. En los mercados y restaurantes de San Cristóbal se pueden probar originales delicias como los tamales de chipilín, el panqué de plátano o la tarta de chilacayote; acompañados, en cualquier caso, por un buen café, proveniente de las haciendas cercanas.

Cómo llegar: desde la capital del estado se puede tomar un autobús o conducir, por la carretera Tuxtla Gutiérrez-San Cristóbal. Para llegar a Tuxtla Gutiérrez, desde varias ciudades de la república, conviene aprovechar las ofertas de las líneas aéreas de bajo costo, como VivaAerobus.

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El Corto Circuito Cultural

México es un país con costumbres y tradiciones únicas en el mundo, debido a su intenso pasado.

Todas las naciones son producto de los acontecimientos que sucedieron en su pasado, lo que da fruto a los usos y costumbres.

Aunque exista la tesis de que todos los pueblos en el mundo son iguales y hermanos, nada puede distar más de la realidad, ya que todos los pueblos son producto de madera distinta.

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La madera de los pueblos es forjada por las condiciones en que ésta fue plantada y bajo la luz que ésta creció.

Los pueblos del norte jamás entenderán bien a los del sur, así como los pueblos del sur jamás entenderán bien a los del norte, ya que el aire que respiran es muy distinto.

Todos sabemos que todas las culturas son distintas, ya que los cimientos de todos los pueblos son  diferentes.

Sin embargo, el mundo ha sido testigo de muchos casos donde las culturas se mezclan entre sí, como resultado de cualquier fenómeno político, económico o social.

Al suceder estas funciones culturales, los observadores de estos fenómenos generalmente ignoran el hecho que la raíz de una flor siempre será solo una, aunque la planta de esta sea de distintos colores.

Cuando sucede una fusión cultural es muy difícil, por no decir casi imposible, que dicho fenómeno haya sucedido de una forma pacifica.

La fusión cultural  generalmente es impuesta por el rigor de la espada y el fuego, lo que significa que la sangre que se junta es solamente la que se derrama.

Como es de saber, existen algunas que se parecen más entre sí y otras cuya distancia entre las mismas es mucho más grande.

En Europa, por ejemplo, los españoles se parecen mucho más a los portugueses que a los suizos; los ingleses son mucho más similares a los daneses que a los italianos; y los alemanes son mucho más parecidos a los austriacos que a los rusos.

Cuando la fusión cultural pasa entre pueblos muy distintos es cuando ocurre  lo que le llamo “Corto Circuito Cultural” (C.C.C.).

El Corto Circuito Cultural (C.C.C) es, según como yo lo veo, un shock entre elementos muy distintos, cuyo resultado es tóxico, tal como lo es el caso de Sudáfrica, donde la sangre entre blancos y negros no deja de ser derramada.

Yo me he dedicado a investigar y observar el C.C.C en diferentes regiones donde hay mezclas de mucha sangre distinta, como es el caso de los Balcanes, Sudáfrica , Sudamérica y ahora México.

Al llegar a México, me hospedé en uno de los hoteles cerca del aeropuerto D.F. (Benito Juárez) para observar este fenómeno.

Desde el momento de mi llegada al hotel Krystal, me di cuenta en el transcurso por la calle, de la diferencia social que se vive en este país.

Mi objeto de estudio (en el que no profundizaré) era la brujería en México, como resultado del C.C.C.

Si  bien había escuchado sobre esta práctica, nunca me imaginé que ésta fuera tan profundamente real y a los extremos que puede llegar.

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Hoy en día hay una nueva diosa en México llamada la Santa Muerte, quien es literalmente la mismísima muerte.

Es común que muchas personas en México tengan una pequeña figura o hasta un altar en sus hogares dedicado a la muerte para pedirle favores.

La cultura prehispánica siempre tuvo fuertes lazos con la muerte, algo que los conquistadores españoles se esmeraron en borrar.

Sin embargo, los cadáveres que no se entierran bien, siempre regresan a la superficie en tiempos de aguaceros e inundaciones.

El culto a la muerte en México ha regresado, gracias a las turbulencias políticas, económicas y sociales que se viven en el país donde se le adora con la furia de un corazón azteca y la devoción de un monje español.

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El mundo digital y las humanidades

Un prejuicio habitual en nuestras sociedades, que permea los programas educativos, así como los proyectos culturales y artísticos, es el considerar que las disciplinas humanísticas se oponen a las científicas.

Las consecuencias de esta imprecisa concepción van desde una equivocada elección de carrera (los estudiantes que optan por las áreas de humanidades y sociales para “huir” de las matemáticas, o viceversa), hasta una distribución inequitativa del gasto público, en el que se da preferencia a las disciplinas productivas (dentro de las cuales nunca se considera a las humanísticas).

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Sin embargo, el uso de medios digitales en prácticamente todas las profesiones y los diversos ámbitos del quehacer humano, debe obligarnos a repensar esta distinción. Hoy en día, es cada vez más difícil adquirir conocimientos, trabajar, mantenerse informado y hasta encontrar opciones de esparcimiento, sin hacer uso de internet y los medios digitales.

Consideremos el caso de la educación básica. La lista de útiles de mi hijo menor, que está por entrar a quinto de primaria, incluye una memoria USB para que pueda guardar sus proyectos y tareas. Mientras adquiría este producto en Cyberpuerta, consideraba las ventajas y desventajas de que los estudiantes como él utilicen este tipo de dispositivos.

Se podría pensar que manejar una herramienta relativamente costosa y con capacidad para almacenar todo tipo de archivos es demasiada responsabilidad para un niño. Por otra parte, el que los niños desarrollen sus trabajos escolares en formatos digitales supone un ahorro de materiales e impresiones, con efectos positivos en el presupuesto familiar y el medio ambiente.

Al reflexionar en torno a estas ideas, resulta evidente que tales cuestiones son propias de las disciplinas humanísticas y sociales. Por tanto, al menos en lo que se refiere a la consideración de las ventajas y desventajas del uso de la tecnología, encontramos ya un punto de conexión entre las humanidades y el mundo digital.

Pero no todo se queda en el plano reflexivo. Proyectos como la Red de Humanidades Digitales en México han reunido a una comunidad de intelectuales y creadores que no sólo tienen a internet, las redes sociales o las aplicaciones como objetos de estudio y reflexión, sino como medios y herramientas para desarrollar sus trabajos.

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Para el ámbito artístico, internet se ha convertido en una plataforma para crear, difundir e incluso comercializar sus obras. La industria de la música es un caso notable, pues si en un principio vio a internet como una posible amenaza para su modelo de negocios, hoy cuenta con este medio para generar expectativas y llegar a los lugares más difíciles de alcanzar por otras vías.

Otro caso es la industria editorial, que también ha transformado una posible rivalidad en una alianza. La desaparición del libro impreso aún parece lejos de concretarse, mientras que los libros digitales se han convertido en complementos o alternativas que agilizan el acceso a la información y el conocimiento.

Estos ejemplos dejan claro que en un mundo como el nuestro, que se desarrolla con base en la interacción y la conectividad, será cada vez más difícil mantener las posturas excluyentes. Y es algo positivo que así suceda.

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Qué es la gentrificación y por qué debería importarte

¡Al fin sucedió! El sábado pasado se cumplió el anhelo que un viejo amigo y yo teníamos desde hace tiempo; reunirnos para contar nuestras historias, proyectos y desventuras, en torno a una jarra de espumosa cerveza.

Hubo tiempo para charlar de todo y los temas de trabajo no faltaron en la agenda. Mi amigo es investigador en una prestigiada universidad del país y cada vez que nos encontramos, aprovecho para preguntarle por los temas acerca de los que investiga y escribe en el momento, pues siempre aprendo mucho y obtengo excelentes recomendaciones de lectura.

Esta vez me sorprendió al decirme que su actual tema de trabajo es el urbanismo y la gentrificación. El asombro no fue debido a que se trate de una cuestión poco explorada. Por el contrario; la transformación de diversos escenarios y espacios públicos de la ciudad en zonas residenciales o espacios comerciales se ha tratado, cuestionado y discutido en todos los medios de comunicación en los últimos meses. Lo que llamó mi atención de inicio es que teniendo una formación filosófica y dedicándose al arte, mi amigo se interesara por estos temas, que comúnmente se ubican en ámbitos como el diseño urbano, la arquitectura y las políticas públicas.

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Pero ya lo decía Aristóteles; el hombre es un animal político y quien no se interesa por las cuestiones públicas, independientemente de cual sea su profesión, corre el riesgo de convertirse en un idiotes (que, según la etimología del término, es alguien encerrado en sí mismo, que sólo se interesa por sus asuntos privados, sin ser capaz de ver más allá de su propia persona; no se piense que el filósofo trataba de ofender a sus lectores).

La gentrificación, explicó mi amigo, es un tema que nos concierne a todos -o al menos así debería de ser- porque constituye una intervención en espacios urbanos que enmarcan o favorecen nuestras actividades cotidianas y que de volverse exclusivos para ciertos sectores de la población, generalmente los más favorecidos, transformarían por completo la forma en que muchas personas trabajan, se desarrollan y viven en la ciudad.

Debo empezar por aclarar que el término “gentrificación” es un anglicismo, introducido en nuestra lengua a partir del vocablo gentrification; éste, a su vez, se compone a partir de la palabra gentry, denominación que se dio a una clase social inglesa integrada por miembros de la media y baja nobleza. En este sentido, el término gentrification describe un fenómeno de desplazamiento que las clases altas y con mayor poder adquisitivo ejercen sobre las menos favorecidas.

En el ámbito del urbanismo, este fenómeno consiste en la transformación de barrios pobres y descuidados, pero con algún tipo de potencial económico, en zonas habitacionales, comerciales o de esparcimiento para las clases altas. Este tipo de lugares ofrecen una buena relación entre calidad y precio, pues se ubican en puntos estratégicos de las ciudades, pero dado que han sido abandonados u olvidados, los terrenos se pueden adquirir a bajo costo.

Un controvertido proyecto de este tipo que se ha intentado desarrollar en la Ciudad de México es el Corredor Chapultepec. El gobierno de la ciudad lo presentó como un atractivo desarrollo cultural, comercial y turístico, pero su construcción implicaría el desplazamiento, la exclusión y la pérdida de patrimonios de cientos de familias que habitan la zona.

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El tema ha propiciado y seguirá dando lugar a intensos debates. Quienes se pronuncian a favor de la gentrificación, el “aburguesamiento” o, dicho a manera de eufemismo”, la rehabilitación de los barrios antiguos y olvidados, destacan los beneficios económicos, que habrían de alcanzar incluso a los habitantes actuales del lugar. Pero también hay que considerar preguntas como ¿a dónde se trasladará la gente desplazada?, ¿podrán reconstruir su patrimonio con la “indemnización” que reciban?, ¿que será de sus antiguas fuentes de trabajo e ingresos? y ¿qué pasará con los espacios públicos?

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